Entre las estrellas, el metal y el abismo – Habitar el Cosmos

Sofía López

La idea de habitar mundos lejanos no es nueva. Que no haya sucedido aún, lo podemos atribuir a una cuestión de dificultad técnica, que seguramente se resolverá…

Cuando hablamos de los primeros visitantes ficticios a la luna y diferentes planetas del sistema solar, vemos que se trataba de viajeros inocentes que aterrizaban, observaban el misterioso e indómito paisaje, corrían alguna desafortunada aventura que conseguían solventar, y regresaban a casa de manera sana y salva. Pocos se atrevían a imaginar una realidad donde, más allá de visitar y explorar rápidamente estas nuevas fronteras, consiguieran establecerse allí.

Tendríamos que esperar a las primeras décadas del siglo XX para que la idea de asentamientos permanentes en otros mundos se convirtiese en una realidad. Uno de los primeros ejemplos lo encontramos en una obra de William Dixon Bell, The Moon Colony (1937). Aquí el autor no solo describe la existencia de una base lunar, sino que además presentó el concepto de «terraformación», el cual acabaría convirtiéndose en un elemento definitorio de la ciencia ficción y de la colonización del cosmos. 

En multitud de novelas y tebeos posteriores veremos que el concepto de bases lunares y bases en superficies de planetas se convertirá en una realidad más que frecuente. Si bien el reto no reside únicamente en crear un entorno habitable en otro planeta, sino en la construcción de un entorno habitable en el espacio exterior, la creación exitosa de “un planeta” desde cero, un asunto radicalmente diferente.

Colocar un satélite en órbita ya sabemos que no es una tarea extremadamente difícil, el reto se presenta cuando este objeto tiene que convertirse en un entorno habitable y capaz de mantenerse en una órbita correcta. Además de contar con una gravedad adecuada, que no aplastante, una exposición a la radiación relativa, y multitud de aspectos que juegan un papel clave en la creación de este entorno tan frágil y a la vez, resistente. 

Un ejemplo muy llamativo lo encontramos de la mano de Konstantín Tsiolkovski, célebre  físico y conocido como “El padre de la aeronáutica”, fue además uno de los teóricos pioneros de los vuelos espaciales. En 1895 planteó una estación espacial que  incluía un movimiento rotativo para generar gravedad artificial, además del uso de energía solar e incluso un invernadero que proporcionaría alimentos y oxígeno a todos los habitantes. Encontraremos otros ejemplos donde las estaciones espaciales presentan una característica forma de rosquilla, esférica y cilíndrica, lo cual será de gran utilidad para potenciar el girar en órbita y así,  simular una  gravedad más cercana a la terrestre.

Fue así que se sentaron las bases para lo que hoy conocemos como estación espacial, o colonia espacial. Pero aun así, el concepto siguió evolucionando y nos encontraremos con las arcas espaciales, un pariente bastante cercano, con la diferencia de que no se limitan a orbitar un único planeta. Las arcas pueden desplazarse de un lugar a otro del cosmos, incluso en un viaje con una duración muy superior a la esperanza de vida de sus viajeros. 

El físico estadounidense y pionero de la carrera espacial, Robert Goddard, sugirió a principios de siglo que las arcas espaciales ofrecían un camino para que la raza humana viajara a estrellas lejanas e imposibles de alcanzar. ¿Cómo conseguirlo? Pues generaciones enteras vivirían sus vidas a bordo de esta inmensa nave espacial, en la cual se reproducirían tantas generaciones como requiriera el viaje, y serían sus descendientes los que alcanzarían destino. 

En 1932, el propio Goddard escribió al escritor H.G. Wells:

“¿Cuántos años más voy a ser capaz de trabajar? No lo sé, espero que, como mínimo, el resto de mi vida. Esto no se acaba, «llegar a las estrellas», en sentido literal y figurado, es un problema que ocupará a generaciones enteras, por lo que no importa cuánto progreso se haga, siempre existirá la emoción de saber que es solo el comienzo.”

Veremos entonces, a lo largo de todo el siglo XX y XXI, multitud de ilustraciones relacionadas con todos estos conceptos. Para imaginarlo, nos despedimos con las ilustraciones que habéis podido ver a lo largo del artículo, de los artistas Don Davis y Rick Guidice para NASA. 

Estas estaciones nos hacen soñar con habitar en horizontes verdes de hierba recién cortada bajo una bóveda acristalada que filtra la luz de galaxias muy lejanas. 

¡Hasta la próxima!

Sofía López
Sofía López
Historiadora del arte

Sofía López es Graduada en Historia del Arte por la Universidad de Málaga, actualmente finalizando sus estudios de máster en Museología y Estudios de Museos. Desde siempre la astronomía ha sido una de sus grandes pasiones, que a través del Space Art y de la tradición de ilustraciones astronómicas que se extiende a lo largo de la historia, encuentra el perfecto punto de unión entre ambas disciplinas. En 2016 colaboró con el SACI College of Art & Design Florence en el simposio From Galileo to Mars organizado con NASA, y al año siguiente publicó un artículo para la revista Descubrir la Historia, y más recientemente otro para Astronomía Magazine. En el ámbito cultural malagueño, ha dado varias conferencias tanto para la Facultad de Filosofía y Letras como para la Sociedad Malagueña de Astronomía. Ha trabajado en el Centre Pompidou Málaga y en la Colección del Museo Ruso de San Petersburgo/Málaga.

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